ERROR DE SISTEMA


Todo comenzó con el final del siglo pasado, aunque a Exequiel a veces le parece que fue hace sólo un mes o una semana, máximo medio año atrás. Antes él podía reconocer que sus experiencias de vida habían comenzado en algún momento identificable y que también en algún otro momento habían terminado. Ahora esos límites de inicio y fin ya no le parecen tan nítidos. Exequiel recuerda perfectamente el día que conoció a María José y sabe que fue el inicio de la época más feliz de su vida. Sospecha que fue demasiada felicidad, más de la que alguien puede disponer sin sufrir consecuencias y más de la que él merecía y que por eso algo como un castigo divino vino a poner las cosas en orden. Junto a estos pensamientos suelen agolparse en las ventanas de su mente los recuerdos de su madre diciéndole: “siempre te estás portando mal”, “mira a tu hermano, él si que hace las cosas bien” o la constante y frustrante reprimenda de “tienes que subir las notas” a pesar de ser el mejor alumno del curso con calificaciones casi perfectas.
A María José la conoció un día de julio y hacía frío en Santiago, había llovido la noche anterior y la cordillera era ese blanco, enorme e imponente telón de fondo delante del cual millones de personas cada día representan sus vidas poco atentas a la belleza que hay tras ellos. Uno de esos millones era Exequiel, sólo que él si estaba atento -porque siempre estaba atento a todo-. Iba cruzando Apoquindo rumbo a tomar la micro para iniciar el largo camino hasta Beauchef, donde estudiaba ingeniería en computación. Como siempre, llevaba su cámara de fotos, intermediaria entre él y el resto del mundo, caminaba observando y registrando todo: los edificios antiguos de la calle Cienfuegos con la luz del amanecer, los vendedores ambulantes con sus imitaciones de carteras Luis Vuitton, los perros paseando atrapados en una correa de la mano de sus dueños, la gente vieja con sus arrugas y sus pasos temerosos, los niños sucios y aburridos vendiendo parches curita. Sus amigos le decían constantemente: “Qué tristes son tus fotos “o “podrías intentar con temas más esperanzadores”. Sin embargo, él no lo percibía así: “mis fotos son tal y como es Santiago” les contestaba, sintiendo una vez más esa diferencia entre sí mismo y los otros que lo rondaba desde niño.
Se subió a la micro, amarilla y destartalada, y encontró un asiento vacío bien atrás, tal como le gustaba para dedicarse a retratar esos rostros cansados y entumidos de las personas que temprano se desplazan por la ciudad, mientras simulaba revisar fotos anteriores. Estaba en eso, cuando descubrió, en el pequeño rectángulo del visor de su cámara, a una chica que lo miraba y le sonreía. Primero sintió como se ponía rojo de vergüenza, luego notó lo hermosa que era ella e incluso pensó que si seguía mirándola no podría detener una incipiente erección (y más rojo se puso). Sin darse cuenta, apretó el obturador varias veces mientras ella parecía hacer distintos gestos. Exequiel dejó de respirar mientras se preguntaba si ella estaría posando para las fotos o si le estaría coqueteando. Cuando ella se acercó y le habló casi no lograba entender lo que ella le preguntaba: “¿Me estás sacando fotos?”, “¿las puedo ver?”. Y finalmente la escena completa se detuvo para él cuando ella le dijo: “¡qué patudo eres tomándome fotos sin mi permiso!” mientras le guiñaba un ojo. Él dudaba que eso estuviese sucediendo de verdad, era más probable que solo fuera una fantasía más como todas las que lo acompañaban diariamente.
Hasta hoy, Exequiel no recuerda que pasó a continuación, solo sabe que supo que ella se llamaba María José, estudiaba comercial en la católica y era la mujer más linda y simpática que había conocido nunca. Desde ese día no se separaron por casi quince años y fueron los años más felices de su vida, al menos los primeros. Con ella hizo las cosas que hacía la gente de su edad y que nunca pensó que él haría: pololeo romántico y apasionado, viaje a Asia varios meses, matrimonio por la iglesia con fiesta elegante, máster en Barcelona, inversiones juntos, vacaciones en el sur, hijos. Tampoco se había planteado atraparse en un crédito hipotecario carísimo, ni sabía que las cuotas de incorporación de los colegios eran millonarias o que había que tener dos autos y ¡ahorrar por supuesto!. La vida lo empezó a abrumar, ya no podía más con las horas extras en el trabajo, los niños enfermos, la distancia y las peleas, todo fue pasando a una velocidad imparable que se llevó la calma y la felicidad.
María José le recriminaba constantemente: “eres un padre ausente, no juegas con los niños, nunca tienes tiempo” y él solo conseguía disculparse y prometer “intentaré llegar más temprano esta semana”. Exequiel sentía que la extrañaba cada día más, a pesar de habitar el mismo espacio la sentía cada vez más lejos. Ella le reprochaba y se quejaba “esto no es lo que imaginaba, yo no quería vivir así. No eres el marido que pensé que serías”. Él intentaba excusarse diciéndole que “esto será solo un período, una vez que paguemos las deudas, podremos trabajar menos los dos”, pero ella no quería esperar y le exigía algo cada vez más difícil de lograr. Si intentaba acercarse a ella en la noche, la respuesta era siempre la misma “estoy cansada, no tengo ganas” y con eso se completó el abismo entre ambos. Las discusiones eran peores cuando él se enojaba: “Tú pareces no entender las exigencias que tengo sobre mis hombros y solo me culpas a mí de todo, ¿no te das cuenta de que estamos juntos en esto?”. Pero María José se enfurecía y le gritaba furiosa la cantidad de cosas que ella hacía cada día “¿Qué crees que me dedico a ir al gimnasio yo acaso? También voy a la oficina cada día y luego paso a buscar a los niños al colegio, voy a comprar, les doy la comida, etc. etc.” “¿Alguna vez has hechos las tareas con ellos? Pues, para tu información, todos los días les mandan tareas y yo tengo que ayudarlos, ¿o crees que las cosas se hacen solas?”. A esa altura la discusión había escalado a los gritos y las recriminaciones se convertían en medusas con cientos de serpientes expeliendo frases venenosas. Exequiel la culpaba del estilo de vida que estaban llevando, le decía que por culpa de ella tenían excesivos gastos y él tenía que trabajar tanto. Ella le contestaba que él lo hacía porque le gustaba y que sentirse importante en la oficina le servía para aplacar la tremenda inseguridad que le había creado su exigente madre. Él le decía que era una arribista y ella le contestaba que era un don nadie. La rabia fue cediendo ante la impotencia y poco a poco las fotografías de Exequiel volvieron a ser grises.
En esa misma época, la situación en el trabajo también se puso insoportable. Los directores de la empresa internacional de telecomunicaciones en la que trabajaba estaban muy nerviosos y la presión era casi insoportable para que terminara pronto “el parche”. Había logrado llegar a ser gerente de operaciones hace cinco años, el peso del funcionamiento de la empresa lo sentía en sus hombros: dormía mal, soñaba con el trabajo, estaba irritable y el prozac ya no le servía para nada. Se sentía como un hámster dando vueltas en una rueda de la que no lograba bajarse.
El famoso parche informático del que hablaba todo el mundo era lo que los protegería del descalabro computacional que acontecería la noche del 31 de diciembre de 1.999. ¿Quién habrá inventado esa tontería?, se preguntaba Exequiel. En su equipo nunca se lo creyeron. Intentó explicarle a su jefe que estaba todo controlado, pero estaban demasiado atemorizados y hasta él terminó por dudar un poco. Trabajaron por casi 16 meses en horarios interminables, anticipando escenarios imposibles y catastróficos, imaginando un monstruo confundido en el calendario de un nuevo siglo que se metería en las redes de datos como un virus imparable y que alteraría las fechas, llevando todos los sistemas al año 0, al año 1.000 o simplemente dejando una ruedita dando vueltas en la pantalla de todos los computadores del planeta.
Los síntomas empezaron poco a poco, tal vez por eso al principio no les prestó suficiente atención. Algunos días sentía el cuerpo extraño: más alto, más flaco, más inflado; el rostro era el suyo, pero también mostraba expresiones desconocidas; los gestos más bruscos, estacatos; su voz ahora le recordaba más a la de su madre que a la propia. Un extraño y sutil temblor interno le hacía pensar que un espíritu se estaba apoderando de su carne. Cuanta gracia le hacia esa idea y cuanto miedo le daba pensar que estaba enloqueciendo.
Es cierto que se sentía como un robot funcionando sin consciencia, pero como era cada vez más eficiente, lo dejaba continuar. Todos en la empresa lo felicitaban por sus ideas, por las implementaciones que estaba haciendo y confiaban en que los salvaría del colapso. Lo trataban casi como a un héroe y el premio sería un millonario bono en acciones de la empresa.
Los colores también comenzaron a cambiar, creyó que estaba teniendo un problema a la vista y anotó en su agenda que tendría que pedir hora al oculista. Al principio era solamente su oficina la que pasó de ser multicolor a un extraño sepia, luego era todo el edificio y luego Santiago completo se veía gris. Pensó que podía ser el smog que nublaba la ciudad cada invierno y que ese año estaría peor que otras veces, pero cuando llegó la primavera con los vientos de septiembre y las banderas chilenas de los volantines que encumbraban los niños en el parque estaban también desteñidas, se convenció de que tenía un problema a la vista: “Pedir hora al médico”, volvió a anotar en su agenda.
Hace casi un año se había separado de María José. En una de las últimas peleas ella le dijo: “pareces un zombi, estás insufrible con esa cara de amargado todo el tiempo”. Exequiel una vez más intentó disculparse: “es que estoy con mucho trabajo con esto de adaptar los sistemas informáticos al nuevo milenio, pero ya lo tenemos casi listo... No me siento muy bien María José, por favor tenme un poco más de paciencia”. Pero esta vez ella soltó lo que tenía hace tiempo atrapado en la garganta: “lo siento Exequiel, pero no aguanto más. Ya no estamos nunca juntos, y si estamos solo discutimos. No tiene sentido insistir más en lo nuestro si ya no somos felices” y luego remató con un definitivo: “quiero que te vayas de la casa”. Exequiel temía que ese momento podía llegar, sabía que las cosas entre ellos no andaban bien, sin embargo, no estaba preparado y lo escuchó como un trueno sin el relámpago de aviso. No fue capaz de hacer nada, se desconectó de su cuerpo y dejó de sentir. Fue como un desgarro en la zona del pecho y luego nada más.
Al día siguiente, echó su ropa, algunas fotos, su cámara, sus libros y poco más en unas maletas y volvió a la casa de sus padres. Al tocar el timbre no pudo evitar alegrarse de que su madre hubiera muerto pues así se evitaría el discurso de que también había fallado en el matrimonio, que como lo iba a aguantar la María José si era un desperdicio y que a ver cómo se las arreglaba ahora que se quedaría solo para siempre. En realidad, no era necesario que ella se lo dijera, él llevaba repitiéndose eso y peor desde el minuto que vio la cara de su mujer diciéndole que se fuera y que se había acabado todo. Su papá abrió la puerta, lo miró, miró las maletas y, de pocas palabras como siempre, lo abrazó y le dijo: “pasa hijo, está tu pieza libre y la cama hecha. Te voy a buscar unas toallas”. Ese cariño simple y seguro le permitió por unos instantes abrir la puerta a su dolor, a su vacío, a su miedo y llorar. Lloró como lo hacen la mayoría de los hombres, con mocos más que lágrimas y en silencio sin grandes aspavientos, abrazado a su padre, ya no a sus rodillas como cuando era niño, sino que desde más arriba de su cabeza. Y así continúo su vida por semanas y meses hasta diciembre de fin de siglo, finalmente era un verdadero zombi, trabajando mucho, comiendo y durmiendo casi nada, visitando a sus hijos y poco más.
Lo peor sucedió con el fin de año, el descalabro de los sistemas para el cual se había estado preparando tanto no afectó los computadores en su empresa, en el país ni en lugar alguno del planeta, pero si resultó un desastre para su propio sistema. Ese viernes 31 de diciembre fue, como cada quince días, a buscar a sus hijos para pasar el fin de semana con ellos, pero se le había hecho muy tarde. Esta vez sí que María José estaría enojada, debería haber pasado por los niños a las dos y ya eran casi las nueve de la noche de año nuevo; «va a estar emputecida», pensó. Esa tarde iban a ir a la piscina a la casa del abuelo, a los niños les encantaba ese panorama. Había anotado en su agenda que tenía que llevar toallas, bloqueador y los remedios para el asma de Joaquín. Últimamente se le olvidaban muchas cosas y ella se enojaba con él todo el tiempo: que Joaquín se había resfriado por su culpa, que a Pedrito lo habían anotado por no llevar el cuaderno o que se le había quedado el regalo para el cumpleaños del primo. Para Exequiel eran excesivos detalles sin importancia y simplemente no les prestaba atención. Su sistema sobrevivía en economía de guerra, aunque él no lo notaba.
Se estacionó en el espacio para visitas, subió el ascensor hasta el piso 11, caminó por el pasillo hasta la puerta del 116 –hasta ahí todo normal- y tocó a una puerta que abrieron dos niños solo vagamente reconocibles. Creía saber que eran sus hijos, pero los notaba distintos, le parecían más altos, mayores y muy serios. También le pareció que lo miraban raro, como si estuvieran viendo un desconocido y le tuvieran miedo.
“Hola Papá, ¿qué te pasó?, ¡es super tarde!” escuchó que decía el niño que parecía mayor. El más pequeño se escondió detrás de unas piernas de mujer mientas preguntaba que qué le pasaba al papá que estaba tan raro. Exequiel respiró profundo varias veces, había descubierto que eso lo calmaba y ordenaba un poco, se dio cuenta de que esas piernas eran de María José, la Jose, su mujer -bueno, mi exmujer, se dijo- y se quedó mirándola por largos minutos, pensando: “Cuanto me gustas, que linda eres; esos ojos, esa boca y ese cuerpo debieran ser solo míos; quiero hacerte el amor ahora mismo; estoy locamente enamorado de ti y he sido un estúpido; quiero estar contigo y los niños otra vez, todo lo hice por ustedes, te necesito para seguir viviendo, esta vez sí que voy a cambiar, lo prometo, perdóname”. Decenas de pensamientos pasaban por su mente creyendo que de su boca no salía ni una palabra mientras ese cuerpo que sentía extraño hablaba sin parar, con frases rápidas e inconexas mientras María José y sus hijos lo miraban atónitos y aterrados.
De pronto él comenzó a sentirse en un teatro mirando una obra hiperrealista. Pobre hombre, pensaba respecto de si mismo sin saberlo, está llorando frente a la puerta de ese departamento, hay dos niños asustados y una hermosa mujer que casi grita: Exequiel –«que coincidencia, se llama igual que yo», pensó- “¿qué te pasa, estás drogado?, ¿por qué lloras?, estás asustando a los niños”. El hombre dice incoherencias, habla muy rápido, le dice que la ama. “Exequiel, Exequiel, mejor te vas a tu casa, hoy no te los puedes llevar, no vuelvas a venir así o... mejor será que no vuelvas más” insiste la mujer cerrando la puerta de golpe.
Exequiel bajó hasta su auto, observando a cierta distancia ese cuerpo que caminaba junto a él, escindido de su mente, autónomo e ingobernable. Una extrañeza absoluta se había apoderado de sus sensaciones, se sentía flotar dando pasos con unas piernas largas que no tocaban el suelo a la vez que unas manos unidas a su tronco sacaban las llaves, abrían la puerta y, por unas extrañas calles, de una anónima ciudad, manejaban un auto hasta llegar a una casa. Pensó en acostarse a dormir un rato, pero hacía mucho calor y decidió que se daría un baño en la piscina, se cambió y bajó al jardín. Cerca de la piscina dejó una toalla y se zambulló de un piquero saliendo pronto a respirar a la superficie y notando en ese momento el agua fresca en la piel -incluso estaba algo fría- y un cuerpo que no era suyo al parecer porque no lo podía mover. Esos brazos se sentían hinchados, las piernas pesadas, la mente lejana y aunque Exequiel quería nadar un poco solo podía estar ahí inmóvil, boca abajo, flotando, con los brazos abiertos mientras se acercaba la media noche y su sistema no lograba adaptarse al cambio de milenio.
Autora: Rosanna Nitsche Meli
Marzo 2025




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